Y esto es solo el comienzo

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Constanza Espinoza* – Aún recuerdo el día en que un compañero de trabajo llegó a la sala de profesores muy entusiasmado, anunciando que la universidad donde había estudiado, estaba ofreciendo un diplomado de Estrategias Didácticas para Educar en Valores. Llevaba cuatro años trabajando en esa escuela, entregando lo mejor de mí para que los estudiantes pudieran desarrollar su beta artística. Soy Constanza, profesora de música y en aquel entonces tenía 36 horas en un establecimiento educativo bastante convencional, donde se profesaba un pensamiento laico, sin embargo en cada grieta de sus aulas, brotaba un sesgo religioso.

Me desempeñé como profesora desde primer año de primaria, hasta último año de secundaria. Bailé e interpreté con mi guitarra canciones infantiles junto a los más pequeños, y también gocé contradiciendo a cada uno de mis estudiantes de secundaria, preguntándoles porqué pensaban tal o cual cosa. Quería que argumentaran, que pensaran más allá, que sintieran “algo”, que se apasionaran defendiendo alguna postura, que se reconocieran en sus palabras, que se encontraran con sus prejuicios, esperando que durante el proceso pudieran deconstruir todo lo dicho.

Entonces recordé cuando pisé por primera vez la universidad para estudiar música, pensé que era un sueño y me consideraba afortunada porque sabía lo que me apasionaba. Finalmente entendía para lo que había venido a este mundo. A pesar de que el proceso de elección fue muy complejo para mí, sabía que estaba en el lugar indicado. Sin embargo, durante mis años de trabajo en este colegio, comprendí que muchos de mis estudiantes no tenían idea de lo que les apasionaba. Al parecer las presiones y los consejos eran muchos, pero ¿Cómo puedes tomar una decisión tan importante si realmente no te conoces?

Año a año observé sus elecciones, y muchos de ellos no seguían el camino para potenciar sus talentos. Fue en ese momento donde comprendí la importancia que la clase de música tenía para desmitificar las creencias de los jóvenes, ya que ellos podían reconocerse cantando esa canción que calaba en lo más profundo, y además establecer una relación de afecto con sus compañeros y profesora, situación que no se daba naturalmente en otras asignaturas. Evidentemente esta clase aportaba más que solo lectura, audición dirigida, o interpretación vocal e instrumental.

Esta fue la razón que me motivó a aceptar la invitación de mi colega para cursar el diplomado, porque estoy convencida de que se puede desarrollar otra pedagogía, una en la que el educando pueda construir su identidad en un clima igualitario de afecto y respeto, durante el aprendizaje de cualquier disciplina.

Tomar esta decisión resultó ser un bálsamo para mi labor pedagógica, que se estaba viendo afectada por los años de ejercicio. Fue tal el entusiasmo por aplicar los nuevos conocimientos con mis estudiantes, que decidí ir por más. ¿Por qué no? Hoy me encuentro lejos de Chile, cursando el Master de Educación en Valores y Ciudadanía, conociendo otras culturas y aprendiendo más de lo que alguna vez pude imaginar. Pasé de tener muchas certezas, a comprender que mi relato constituye solo el comienzo de lo que se avecina.

 

* Constanza Espinoza es alumna del máster de Educación en Valores y Ciudadanía de la Facultat d’Educació de la Universitat de Barcelona.


 

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